
viernes, 1 de julio de 2022
Dentro de mil años - Hans Christian Andersen

Cada cosa en su sitio - Hans Christian Andersen
Detrás del bosque, a orillas de un gran lago, se levantaba un viejo palacio, rodeado por un profundo foso en el que crecían cañaverales, juncales y carrizos. Junto al puente, en la puerta principal, habla un viejo sauce, cuyas ramas se inclinaban sobre las cañas.
La bofetada de Carlota Corday - Alejandro Dumas
—Yo soy —dijo— el hijo del famoso Comus, físico del Rey y de la Reina; mi padre, al que su apodo burlesco ha hecho clasificar entre los prestidigitadores y los charlatanes, era un distinguido sabio de la escuela de Volta, de Galvani y de Mesmer. El primero que se ocupó en Francia de fantasmagoría y de electricidad, dando clases de matemáticas y de física en la corte.
¿Qué hora es? - Elena Garro
El piano viejo - Rómulo Gallegos
El corazón delator - Edgar Allan Poe
La casa abandonada – Pedro Prado
El huésped – Amparo Dávila
Al otro lado de la pared - Ambrose Bierce
Hace muchos años, cuando iba de Hong Kong a Nueva York pasé una semana en San Francisco. Hacía mucho tiempo que no había estado en esa ciudad y durante todo aquel periodo mis negocios en Oriente habían prosperado más de lo que esperaba. Como era rico, podía permitirme volver a mi país para restablecer la amistad con los compañeros de juventud que aún vivían y me recordaban con afecto.
Una broma extraña - Agatha Christie
El paraguas Jacinto - Álvaro Cunqueiro
El pavo de Navidad - Mario de Andrade
El abuelo - Mario Vargas Llosa
Pregones - Luis Cernuda
Hoy y la alegría - Mario Benedetti
El fantasma provechoso - Daniel Defoe
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Como la hiena – Poli Délano
Hay días —sobre todo mañanas— en que puedo llegar a sentir una especie de felicidad verdaderamente inexplicable. Seré tal vez como la hiena, que es fea, se alimenta de excrementos, fornica una vez por año y sin embargo se ríe. Es probable —no soy yo quien quisiera negarlo— que dentro de todos los pesares, de toda la negrura capaz de circundarnos, haya siempre un lugar para la risa. Pero también es justo reconocer que toda esta negrura no alcanza ni a la sombra de otras negruras mucho más apretadas y como “mal de muchos, consuelo de tontos”, no dejamos de repetirnos en los momentos en que la realidad pretende damos un golpe de conciencia y como decía el poeta de mil años, que nunca se está tan mal como que no se pueda estar peor. Así que no nos quejemos.
El muro – Jean Paul Sartre
Nos arrojaron en una gran sala blanca y mis ojos parpadearon porque la luz les hacía mal. Luego vi una mesa y cuatro tipos detrás de ella, algunos civiles, que miraban papeles. Habían amontonado a los otros prisioneros en el fondo y nos fue necesario atravesar toda la habitación para reunirnos con ellos. Había muchos a quienes yo conocía y otros que debían de ser extranjeros. Los dos que estaban delante de mí eran rubios con cabezas redondas; se parecían; franceses, pensé. El más bajo se subía todo el tiempo el pantalón: estaba nervioso.
La vereda alta – Mario Benedetti

Si yo hubiera tenido padre y madre, todo habría sido diferente. Pero mi familia era una abuela materna, y una abuela materna no alcanza para nada. Además, a ésta le faltaban casi todos los dientes y siempre, cuando hablaba, uno creía que iba a escupir el último. Es probable que su odio hacia mí haya empezado en eso. Ella se daba cuenta de lo mal que me impresionaban sus encías inermes y balbucientes. Pero yo no podía evitarlo, así como ella no evitaba el odio.